Sandra Lorenzano

Secretaria

Quizás debería empezar diciendo que soy escritora, que soy argen-mex y que soy  mamá de Mariana. Ésas son mis marcas de identidad principales. ¿Es ésta una presentación posible? Me detengo en la nacionalidad: “argen-mex”. Eso quiere decir que tengo dos patrias. Nací en Buenos Aires y viví en las afueras de aquella ciudad, al sur de todos los sures, durante dieciséis años. En una casa grande, en un suburbio que aún era pueblo, donde andar en bicicleta y jugar con los amigos en la calle era parte de la vida cotidiana. Mi madre era hija de inmigrantes judíos rusos  -mi abuelo, Roberto Schifrin, había nacido en Minsk y tocaba el violoncello en la orquesta del Teatro Colón; mi abuela, Raquel Paley, había llegado a los nueve meses desde Odessa en brazos de sus padres-, y como había sido una niña de ciudad que vivía en departamento, decidió darles a sus cuatro hijos toda la libertad y el placer de tener un jardín con perros, gatos, tortugas y pájaros. Mi padre que es nieto de italianos, unos del norte y otros del sur, tenía su consultorio médico en la misma casa en la que vivíamos. ¡Ambos tenían sólo 23 años cuando yo nací!

El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 nos cambió la vida. A los pocos meses de que iniciara la más sanguinaria de las dictaduras militares argentinas, guardamos algunas cosas en unas pocas maletas y salimos rumbo al exilio. México fue el país elegido por mis padres para poner a salvo a la familia; por la maravillosa tradición de asilo de este país y porque ellos, que habían estado alguna vez como turistas, se habían enamorado de esta tierra. Y aquí comienza la segunda parte de mi historia.

Juan Gelman tituló “Bajo la lluvia ajena” un hermoso texto sobre el exilio. Al leerlo yo pensé que me convertí en argen-mex no el día de 1983 en que me llamaron de la Secretaría de Relaciones Exteriores para decirme que yo era “oficialmente” mexicana; tampoco cuando al poco tiempo me llamaron, ahora de la Embajada Argentina en México, para decirme que la nacionalidad argentina es irrenunciable, con lo cual ambas instituciones fomentaron y alimentaron lo que yo ya sentía como una esquizofrenia galopante. Decía que no me convertí en argen-mex entonces, sino el día en que la lluvia que caía en la ciudad dejó de ser ajena y se volvió tan mía como aquéllas que nos regalaban una mañana completa de juegos y libros en el invierno porteño.

¿Dije que tengo dos patrias? En realidad tengo una tercera: la escritura.

No es un asunto de lenguaje ni de pasaporte, es un asunto de que la lluvia que nos moja deja de ser ajena, allá y acá, acá y allá.

Sé que mi escritura, con sus silencios, con sus quiebres, no sería posible, o sería otra, sé que yo misma sería otra, sin mi vida en México, sin ese territorio de libertad que nos descubrió México a mí y a mis 16 años y que me sigue descubriendo tantos años después. No sólo la posibilidad de conocer otros mundos, una historia cuyas raíces llegan tan hondo que me daba vértigo (aún me lo da), chicos tan parecidos y tan diferentes a como era yo entonces, un mundo de sensaciones, de sensualidades, de solidaridades inquebrantables, de generosidad, sino además algo que empecé a entender tiempo después: La posibilidad del extrañamiento, ese quiebre de la lengua que me deja tartamuda, esa mirada que me permite ser – como dice Juan Carlos Plá – “otra en ambas patrias”.

Y entonces hay que inventarse testigos, y a lo mejor simplemente por eso es que una escribe, para inventar los testigos de una vida que allá no tuvimos y para seguir teniendo con nosotros a los que aquí empiezan a irse.

He publicado tres novelas: Saudades (Fondo de Cultura Económica), Fuga en mí menor (Tusquets) y La estirpe del silencio (Seix-Barral), varios poemarios y libros de ensayo. Tengo colaboraciones semanales y mensuales en varios medios de México y el extranjero, y un amor total por el trabajo en el aula, con los estudiantes. Soy profesora de la UNAM -donde me doctoré en Letras- y de Middlebury College (Vermont). Cada una de las cosas que hago (clases, radio, tele, artículos en revistas y periódicos) busca compartir mi pasión por la palabra literaria y por el mundo que nos rodea.

Es ese “yo” que nace en la escritura y en el abrazo cómplice y solidario con mi hija, el que me sostiene cada día.