Sandra Lorenzano, miembro del IWF México, escribió para Milenio un valioso homenaje a Louise Glück, ganadora del Premio Nobel de Literatura 2020. La autora comienza citando a Glück: “Los poemas no perduran como objetos, sino como presencias. Cuando lees algo que merece recordarse, liberas una voz humana: devuelves al mundo un espíritu compañero. Yo leo poemas para escuchar esa voz. Escribo para hablar a aquellos a quienes he escuchado”.

Lorenzano nos comenta al respecto: “Yo leo los versos de la propia Glück para escuchar esa voz cuya esencia cristalina no la vuelve frágil sino profundamente poderosa. Su presencia está aquí, como si su jardín fuera mi jardín; sus muertos, mis muertos; su silencio, mi silencio”. 

Con poemas de una belleza que lleva a lo cotidiano pero a partir del recogimiento de un cierto misticismo naturalista, su historia —hilada a lo largo de doce libros de poesía— se cuenta desde una mirada que es casi de testigo, como quien mira lo que les sucede a los demás, pero sabiendo que esa mirada es a la vez la que teje su propia interioridad. 

La autora nos comparte su sentir respecto a la poética de Glück, “una poética del desamparo que sabe, al mismo tiempo, a miel y a óxido. No sé si me explico. No encuentro más explicación que esta sensación de quedarme en carne viva ante sus palabras. O mejor: recupero el término que algún crítico dejó caer cierta vez: “perplejidad”. Conmoción, perplejidad, un soplo al oído que de pronto me causa gracia, y un escalofrío o una punzada tal vez —ay— en el ego que ya se paseaba orondo sintiéndose parte del deslumbrante universo poético, cuando nuevamente se me pierde el hilo y quedo a la intemperie”. 

Adicional, añade el poema “Amante de las flores” con traducción de Abraham Gragera López:

En nuestra familia, todos aman las flores./ Por eso las tumbas nos parecen tan extrañas:/ sin flores, solo herméticas fincas de hierba/ con placas de granito en el centro:/ las inscripciones suaves, la leve hondura de las letras/ llena de mugre algunas veces…/ Para limpiarlas, hay que usar el pañuelo./ Pero en mi hermana, la cosa es distinta:/ una obsesión. Los domingos se sienta en el porche de mi madre/ a leer catálogos. Cada otoño, siembra bulbos junto a los escalones de ladrillo./ Cada primavera, espera las flores. /Nadie discute por los gastos. Se sobreentiende/ que es mi madre quien paga; después de todo,/ es su jardín y cada flor/ es para mi padre. Ambas ven/ la casa como su auténtica tumba./ No todo prospera en Long Island./ El verano es, a veces, muy caluroso,/ y a veces, un aguacero echa por tierra las flores/ Así murieron las amapolas, en un día tan solo,/ eran tan frágiles…