El G-20 llamado al liderazgo en la reconstrucción post-COVID

Vanessa Rubio Márquez, Senadora plurinominal del Congreso de la Unión en la LXIV legislatura, quien es miembro de IWF México, publicó una nota en el periódico Expansión política, en donde aborda el tema de la inclusión sostenible y como está puede hacer el cambio en situaciones de crisis.

«Espacios como el G-20 deben servir para lograr acciones coordinadas y encaminadas a la recuperación ante la crisis mundial que ha causado la pandemia»- Vanessa Rubio Márquez.

Estábamos en la Cumbre del G-20 en Hamburgo en 2017 y comenzaba la sesión del reporte de la Organización Mundial de la Salud a los jefes de Estado. La mesa estaba presidida por Angela Merkel y recuerdo entre muchos a Theresa May, Emmanuel Macron, Shinzo Abe y a Donald Trump. Fue la primera vez que este foro contemplaba a la salud como uno de los ejes centrales de su agenda, e incluso se hizo un ejercicio de simulación de emergencia sanitaria.

El entonces y aún director general del organismo, Tedros Adhanom Ghebreyesus, habló de la importancia de la cobertura universal de salud y de la necesidad de que los países estuvieran preparados de manera adecuada para resolver los apremiantes retos globales del sector. Se destacaron los esfuerzos de prevención, preparación y respuesta; se urgió a fortalecer las capacidades para enfrentar emergencias sanitarias, y se insistió en la necesidad de incrementar la inversión en investigación y desarrollo.

Un tema central fue la preocupante tendencia de resistencia de los humanos a los antibióticos, dado su uso indiscriminado, y se solicitó que los países realizaran esfuerzos para promover su uso prudente, incluso en los animales que producen alimentos. Los datos, la evidencia y los casos dibujaban con claridad una crisis futura más temprano que tarde. Nadie se antojaba preparado para un escenario así, en el foro que reúne a los países más industrializados del mundo (G-7) y a las 12 economías emergentes de relevancia sistémica (el vigésimo asiento es para los organismos internacionales).

En las pláticas de pasillo del centro de convenciones Messehallen adaptado para la cumbre, había quienes consideraban la advertencia de la OMS como visionaria y oportuna, y quienes la veían demasiado catastrofista y percibían más prioritarios e inminentes otros temas que fueron discutidos en las sesiones: la amenaza del terrorismo, los desplazados, la pobreza, el hambre, la creación de empleos, el cambio climático, la seguridad energética y la inequidad de género.

Quizá todo esto puede resumirse en una tarea que es la más pendiente de todas: inclusión. En un mundo con mayor inclusión no podía prevenirse el surgimiento del COVID, pero las personas estarían más preparadas y protegidas y serían menos vulnerables. Habría un primer piso de salud universal, y en algunos países podrían llegar a segundos y terceros pisos de cobertura. Habría más acceso a derechos como la alimentación, la vivienda, los servicios básicos a la vivienda (agua potable, gas, electricidad), y los trabajos serían formales, por lo que estarían cubiertos por la serie de beneficios que brinda la seguridad social.

Fuera de la amenaza del terrorismo y del cambio climático, aunque con incidencias directas e indirectas en algunos casos, el resto de la agenda del G-20 desde 2017 sería atendida si la prioridad fuera exclusivamente reducir la desigualdad. Quedó claro que la teoría de la derrama económica que implicaba que al haber un mayor crecimiento del producto mundial todos saldrían beneficiados fue imprecisa por decir lo menos, y el mayor PIB mundial no se ha traducido necesariamente en mejores condiciones de vida para todos. La economía del mundo prácticamente se multiplicó por tres desde el 2000 y se calcula que la de 2050 será del doble de la actual.

Es un hecho que habrán más recursos —también más población— y no podemos permitirnos no hacer política pública nacional e internacional orientada a atender las disparidades y a “no dejar a nadie atrás”. Es un hecho que los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas que se esperaba alcanzar para 2030 van a tener que ser redefinidos y sus tiempos replanteados con una buena dosis de realismo después de la crisis por COVID.

Es justamente en ese proceso de reformulación que las prioridades deben cambiar y los esfuerzos deben redoblarse y focalizarse. No se trata de bajar la guardia, sino de fortalecerla con objetivos ajustados a la situación actual, y con ello, abordar una agenda diferenciada de los organismos internacionales que permitan que cada uno haga su parte.

El G-20 debe ser un mecanismo central para el honesto reconocimiento de los efectos y costos de esta pandemia y consecuente crisis económica, así como del replanteamiento de la estrategia colectiva y del monitoreo de avances individuales (países y organismos internacionales).

Bien se dice que lo que no se mide no se puede mejorar. Italia tendrá en sus manos una oportunidad histórica para apuntalar el papel del G-20 bajo su presidencia en 2021 y los miembros no deben escatimar esfuerzos en trabajar por las acciones coordinadas para lograr la recuperación y de encauzar al mundo hacia la senda de un crecimiento incluyente y sustentable.

Los populismos, los nacionalismos y los estallamientos sociales acechan a nuestras democracias e instituciones. Debe venir no solo una época de cambios, sino de una verdadera y clara evolución que se traduzca en bienestar palpable para las personas. Sin inclusión sostenible, el mundo futuro será imposible. Ya tuvimos nuestra primera probada en 2020.