Este lunes, Viri Ríos escribe para The New York Times una ponente reflexión en torno a los estándares de belleza y su incumplimiento como una descalificación recurrente para las mujeres, partiendo del hecho de que «el insulto más común hacia la mujer —no importa su ocupación, nivel educativo o actividad— suele ser uno referente a su aspecto físico».

Así, la analista política mexicana retoma la reciente toma feministas de la Comisión de Derechos Humanos (CNDH), a cuyas promotoras se les «acusó» de ser feas, en un contexto en el que sus acciones responden a la exigencia de soluciones a la violencia contra las mujeres. Incluye también, a manera de ejemplo, las críticas dirigidas hacia la escritora Beatriz Gutiérrez Müller, y esposa del presidente de México, quien saltó a los primeros lugares de las tendencia en redes sociales por los comentarios en torno a la vestimenta que portó para la celebración del Día de la Independencia.

«Cualquier mujer puede dar testimonio de las agresiones que sufre por su apariencia. (…) Cuando mis colegas hombres enfrentan animadversión por parte de sus lectores, reciben insultos por sus supuestas tendencias ideológicas, quizás por la falta de argumentaciones o credibilidad. Pero a las mujeres se nos insulta con una frecuencia inusitada por ser “feas”. Los ámbitos del periodismo y de la opinión pública no son los únicos en los que sucede«, expresa la autora, en su texto de opinión «El crimen de ser ‘fea’ en México».

De esta forma, es categórica al señalar que «la obsesión patriarcal con el físico de las mujeres es tóxica no solo para la manera en que convivimos como sociedad, sino también tiene consecuencias económicas nocivas y tangibles», para lo que recurre a evidencias como el estudio realizado por Raymundo M. Campos y Eva González en el que demuestran cómo una mujer con sobrepeso se ve obligada a realizar 37% más aplicaciones de trabajo para obtener las entrevistas que le son otorgadas a una mujer de cuerpo delgado.

En el caso particular de México, Ríos destaca que la discriminación por apariencia física aumenta la desigualdad, debido a la predominancia del racismo, ya que «la belleza parece estar asociada con tener un color de piel claro», por lo que si bien afecta a la sociedad en su conjunto para las mujeres se ve un efecto nocivo multiplicado.

«Más allá de acciones afirmativas para fomentar los liderazgos femeninos es importante cambiar las reglas del juego del gobierno y el sector privado», reflexiona, y agrega al argumento la necesidad de «encontrarse formas de evidenciar los sesgos racistas de empleadores».

Dado que en nuestro país aún hay hombres sin nociones de la discriminación física por género, Ríos concluye que cambiar y reconocer los juicios hacia las mujeres en torno a su apariencia representaría uno de los aspectos más urgentes para la reducción de violencia de género.